Un
aspecto central en nuestra vida es el juicio o la valoración que
tenemos de nosotros mismos. Dado que comparamos lo que nos ocurre de
acuerdo a cómo nos sentimos, podemos decir que la autovaloración o
autoestima es nuestra unidad de medida de nuestra realidad.
T. Harv
Eker dice que los frutos, es decir los resultados, son la
manifestación de lo interno, de las raíces, de nuestra identidad,
de nuestra autovaloración. Obtenemos lo que creemos que podemos
obtener, somos lo que creemos que podemos ser.
La
autovaloración o autoestima es una visión general de nosotros
mismos, que deriva de la visión que las personas importantes en
nuestra vida, tal como nuestros padres, familiares o maestros, es
formada, construida.
La
autoconfianza deriva de la autovaloración. Es el grado de ejecución
de las acciones. Es lo que evaluamos los docentes mediante las
rúbricas o los estándares de desempeño: qué tanto hacemos de la
mejor manera lo que hacemos.
Wayne W.
Dyer propone los siguientes principios para formar alumnos que se
autovaloren:
1. Sé
un modelo de autovaloración positiva y autoconfianza. Simplemente, compañero docente, debes poseer las características que deseas que los alumnos
tengan.
2. Debe
tratarse a cada alumno como una persona única, no como una
estadística. Tendemos a agrupar a los alumnos en categorías
ficticias: los listos, los atrasados, los regulares, etc. Cada niño
sigue su línea de desarrollo que no necesariamente coincide con las
fases ideales de los teóricos. Maestro, sigue al alumno, no al
teórico.
3.
Valora al niño por su persona, no por sus acciones. No “etiquetes”
a los niños por una sola característica o conducta. Se escucha
mucho por ahí que tal niño es un desastre, sólo porque no hace “lo
que debería hacer”, como leer o resolver cuentas. Todos los niños
aprenden a leer o a hacer cuentas en algún momento, cuando lo
necesitan. Todos los niños son inteligentes de alguna manera; Howard
Gardner ha identificado por lo menos ocho opciones de manifestar
nuestro talento.
4.
Ofrece oportunidades de que los niños sean responsables y tomen
decisiones. En ocasiones, les damos todo ya “predigerido”, supuestamente para facilitarles la vida. En realidad, cada niño debe
construir o reconstruir su conocimiento, su experiencia. Ellos están
viviendo su vida y van a tomar lo que necesiten. Lo que aprendimos
cuando éramos jóvenes hoy no vale, porque las condiciones son
otras.
5.
Enséñales a disfrutar la vida. Transmite tu entusiasmo o las
razones por las que te gusta algo. Es más fácil que un niño haga
algo si se le motiva de esa manera, de manera interna.
6.
Elogia en lugar de criticar. Nos encanta encontrar las debilidades en
los alumnos antes que sus puntos fuertes. Encontramos uno o dos de
éstos y decenas de aquéllas. No obstante, los puntos fuertes son
como los castillos en una casa. Pueden ser pocos, pero si son sólidos
y están colocados en el lugar correcto, pueden soportar cientos de
ladrillos y muchos kilos de concreto.
7.
Mantén altas expectativas. Los niños se convierten en lo que
creemos que son. Si creemos que son inteligentes, actuarán en
consecuencia; si creemos que son tontos, harán cosas para confirmar
nuestras ideas. Recuerda, sus vidas son suyas, no nuestras. Hay
cuatro opciones de ocupación, ocho inteligencias múltiples, doce
estilos de hacer las cosas, etc.

