martes, 7 de mayo de 2013

FORMA ALUMNOS QUE SE AUTOVALOREN


Un aspecto central en nuestra vida es el juicio o la valoración que tenemos de nosotros mismos. Dado que comparamos lo que nos ocurre de acuerdo a cómo nos sentimos, podemos decir que la autovaloración o autoestima es nuestra unidad de medida de nuestra realidad.

T. Harv Eker dice que los frutos, es decir los resultados, son la manifestación de lo interno, de las raíces, de nuestra identidad, de nuestra autovaloración. Obtenemos lo que creemos que podemos obtener, somos lo que creemos que podemos ser.

La autovaloración o autoestima es una visión general de nosotros mismos, que deriva de la visión que las personas importantes en nuestra vida, tal como nuestros padres, familiares o maestros, es formada, construida.

La autoconfianza deriva de la autovaloración. Es el grado de ejecución de las acciones. Es lo que evaluamos los docentes mediante las rúbricas o los estándares de desempeño: qué tanto hacemos de la mejor manera lo que hacemos.

Wayne W. Dyer propone los siguientes principios para formar alumnos que se autovaloren:

1. Sé un modelo de autovaloración positiva y autoconfianza. Simplemente, compañero docente, debes poseer las características que deseas que los alumnos tengan.
2. Debe tratarse a cada alumno como una persona única, no como una estadística. Tendemos a agrupar a los alumnos en categorías ficticias: los listos, los atrasados, los regulares, etc. Cada niño sigue su línea de desarrollo que no necesariamente coincide con las fases ideales de los teóricos. Maestro, sigue al alumno, no al teórico.
3. Valora al niño por su persona, no por sus acciones. No “etiquetes” a los niños por una sola característica o conducta. Se escucha mucho por ahí que tal niño es un desastre, sólo porque no hace “lo que debería hacer”, como leer o resolver cuentas. Todos los niños aprenden a leer o a hacer cuentas en algún momento, cuando lo necesitan. Todos los niños son inteligentes de alguna manera; Howard Gardner ha identificado por lo menos ocho opciones de manifestar nuestro talento.
4. Ofrece oportunidades de que los niños sean responsables y tomen decisiones. En ocasiones, les damos todo ya “predigerido”, supuestamente para facilitarles la vida. En realidad, cada niño debe construir o reconstruir su conocimiento, su experiencia. Ellos están viviendo su vida y van a tomar lo que necesiten. Lo que aprendimos cuando éramos jóvenes hoy no vale, porque las condiciones son otras.
5. Enséñales a disfrutar la vida. Transmite tu entusiasmo o las razones por las que te gusta algo. Es más fácil que un niño haga algo si se le motiva de esa manera, de manera interna.
6. Elogia en lugar de criticar. Nos encanta encontrar las debilidades en los alumnos antes que sus puntos fuertes. Encontramos uno o dos de éstos y decenas de aquéllas. No obstante, los puntos fuertes son como los castillos en una casa. Pueden ser pocos, pero si son sólidos y están colocados en el lugar correcto, pueden soportar cientos de ladrillos y muchos kilos de concreto.
7. Mantén altas expectativas. Los niños se convierten en lo que creemos que son. Si creemos que son inteligentes, actuarán en consecuencia; si creemos que son tontos, harán cosas para confirmar nuestras ideas. Recuerda, sus vidas son suyas, no nuestras. Hay cuatro opciones de ocupación, ocho inteligencias múltiples, doce estilos de hacer las cosas, etc.